La Psicología del deporte.
Refexiones sobre la problemática del
cuerpo y la subjetividad.
Introducción:
La psicología es la primer disciplina del
campo de las humanidades que tomó como objeto de estudio y de
intervención al deporte. Actualmente, la psicología del deporte cuenta
con un desarrollo considerable, tanto en las producciones teóricas y
técnico-metodológicas, como en su presencia académica y en la
producción de textos y materiales de divulgación.
La
psicología del deporte se desarrolló en un primer momento en Estados
Unidos y la ex Unión Soviética para expandirse luego hacia los
principales países europeos, Cuba y Canadá.
El notable
desarrollo de la psicología del deporte y su aplicación práctica
parecen estar vinculado con la capacidad que adquirió la misma para
servir como instrumento eficaz en la obtención del éxito deportivo.
Dicha capacidad fue adquirida a través de la adopción de ciertos
paradigmas teóricos –como la psicología neoconductista y el
cognitivismo– que poseen una gran capacidad para modelar el
pensamiento y la conducta humana.
El
neoconductismo concibe al hombre como un organismo que reacciona,
adaptándose, a los estímulos del medio. El cognitivismo, por su parte,
sostiene que las imágenes y los pensamientos del hombre son
determinantes de todo lo que el mismo hace.
El primero
estudia los estímulos que recibe un deportista en su práctica
cotidiana y define la manera correcta en que dichos estímulos deben
formularse para obtener lo que se desea. Desde esta perspectiva, se
han diseñado técnicas de modificación de la conducta (reforzamientos,
retroalimentación, establecimiento de metas, etc.) que se utilizan en
el aprendizaje y el entrenamiento deportivo.
La
psicología cognitiva por su parte, elabora técnicas de control del
pensamiento, de visualización de imágenes, de relajación, de
energetización que sirven al deportista para mejorar su rendimiento.
Dichas técnicas deben ser aprendidas y practicadas regularmente lo que
justifica la inclusión de un psicólogo en los equipos deportivos.
Neoconductismo, cognitivismo y contexto social.
En nuestro medio, el enfoque conductista
ha sido ampliamente criticado, especialmente en el campo de la
educación. El conductismo concibe al hombre como un organismo que se
adapta a lo que el medio requiere de él, por lo que diseña técnicas de
intervención que apuntan al logro de dicha adaptación. El sujeto,
desde esta perspectiva, es absolutamente pasivo, no construye ni
transforma, solamente reproduce aquello que se debe transmitir.
El cognitivismo –menos conocido en
nuestro medio– ha sido también, aunque en menor escala, objeto de
análisis y se han formulado críticas sobre sus fundamentos teóricos y
metodológicos.
Algunas de estas impugnaciones
provienen de la misma psicología del deporte. J. Cruz y J. Riera
consideran que la utilización del paradigma cognitivo en psicología
del deporte ha tenido algunas consecuencias negativas, entre las que
destaca el olvido de los contextos ambientales y sociales tras la
postulación de los procesos mentales como las causas
–prácticamente excluyentes– del comportamiento humano.[1]
Desde nuestra perspectiva, creemos que
tanto el cognitivismo como el conductismo desconocen las
características fundamentales de los contextos sociales en los que se
desarrollan las prácticas deportivas.
El conductismo las desconoce en la medida
en que asimila el medio social al medio biológico (animal y vegetal).
Es sólo en éste último ámbito dónde los organismos se adaptan al medio
sin transformarlo. El hombre, en cambio, transforma al medio del cual
surge, al mismo tiempo que se transforma a sí mismo.
El cognitivismo desconoce que el
pensamiento es un producto social/ histórico y que sólo desde dicha
perspectiva puede entenderse lo que hace o deja de hacer el hombre,
tanto en deporte, como en cualquier otro ámbito de la práctica social.
Las intervenciones de la psicología del
deporte dejan intactas las relaciones sociales que se establecen en la
práctica deportiva. O si intervienen[2],
desconocen aquello que es esencial a las mismas: las relaciones de
poder que organizan y determinan las modalidades de dicha práctica.
Deporte y poder: los cuerpos dóciles:
El deporte, como la mayoría de las
prácticas de nuestra sociedad, se organiza en función de relaciones de
poder que la atraviesan en todos sus niveles. Entre el dueño del
equipo y el entrenador (o el manager), entre estos y los jugadores,
entro los jugadores mismos (veteranos y novatos), se establecen
vínculos asimétricos y jerárquicos que regulan y normatizan el dominio
del deporte.
La manera que cada uno de estos actores
se posiciona con respecto a dichas relaciones es fundamental en la
dinámica de todo lo que ocurre en un ámbito deportivo determinado.
Phill Jackson, el entrenador del
famoso equipo de básquetbol Chicago Bull’s, expone en su libro Aros
Sagrados[3], los aspectos
esenciales de su filosofía de conducción. Define su posición como
conductor de uno de los equipos más importantes de la N.B.A, tanto con
relación a la dinámica del grupo como a la del contexto microsocial en
el cual se desarrolla la competencia.
Jackson describe su lugar de conducción
como el de un ‘líder invisible’, inspirado en la filosofía Zen y en
oposición a los estilos autoritarios.
Jackson analiza el poder que detenta un
entrenador en el ámbito de la N.B.A. y lo compara con el de otros
entrenadores que se desempeñan en el deporte universitario:
Bobby
Knight, entrenador de la Universidad de Indiana, una vez dijo que
nunca podría trabajar en la N.B.A. porque los entrenadores no tenían
ningún poder sobre los jugadores. Mi pregunta es: ¿Cuánto poder se
necesita? Es verdad que los entrenadores de la N.B.A. no tienen el
poder autocrático de alguien como Knight, pero tenemos mucho más poder
del que parece. El origen de ese poder es el hecho de que los
entrenadores hemos jugado un papel principal en la vida de los
jugadores desde que eran chicos. Los jugadores están acostumbrados a
tener una figura de autoridad diciéndoles qué hacer y la única razón
por la que han llegado donde han llegado es que, en algún momento, en
algún lugar escucharon a un entrenador decirles lo que les tenía de
decir. La manera de aprovechar esa energía no es siendo autocrático,
sino trabajando con los jugadores, dándoles una responsabilidad cada
vez mayor para que moldeen sus roles”.[4]
No es difícil entender porqué no es
posible ejercer el poder en los equipos de la N.B.A. de la misma forma
que en las universidades, como en el caso de Indiana. La liga
profesional norteamericana de básquetbol es una de las elites
deportivas más exclusivas del mundo y uno de los negocios más
importante de la actualidad. Sólo acceden a ella algunos pocos
jugadores entre cientos de miles que practican el deporte en las
universidades norteamericanas. Los basquetbolistas de la N.B.A., como
se sabe, son los mejores deportista del mundo en su especialidad,
además de ser famosos y ganar mucho dinero. Esto, por supuesto, les da
poder, a veces superior al que poseen los técnicos.
Jackson, sin embargo, sitúa un elemento
clave para entender las relaciones interhumanas en el deporte
profesional, o en cualquier otro ámbito: esto es, que nuestra cultura
se edifica sobre relaciones de poder, de atribución del saber, que se
modelan no sólo en la historia individual de una persona sino también,
y fundamentalmente, desde los procesos históricos y sociales.
Michel Foucault ha investigado las formas
en que los cuerpos, en las sociedades modernas, son tomados como
blanco de estrategias que buscan especializarlo, aumentar sus fuerzas
y capacidades, implantar nuevas formas de placer, a la vez que lo
hacen más dócil y lo someten a nuevas y sofisticadas formas de
dominación.
Foucault sostiene que las sociedades
modernas se edificaron sobre las bases de relaciones de poder que en
principio no utilizan la violencia sino que se fundamentan sobre el
desarrollo de las técnicas de disciplina y normalización.
Estas técnicas fueron implantadas
socialmente por las órdenes religiosas, por la escuela pública, por el
ejército y por otras instituciones que nacieron con la sociedad
moderna. El deporte –nacido a principio del siglo XVIII en los
exclusivos reductos de la burguesía inglesa– es otra de las
instituciones que contribuyeron en la creación y generalización de las
disciplinas.
El ámbito deportivo es uno de los lugares
privilegiados desde donde se desplegó este trabajo sobre el cuerpo.
Desde sus orígenes mismos, el deporte surge como el resultado de la
imposición de códigos a los violentos juegos practicados durante el
medioevo.
La caza del zorro fue uno de los primeros
pasatiempos que adquirió la forma de los deportes actuales cuando
surgieron las restricciones que transformaron las antiguas y
sangrientas práctica de cacería. En estas, el placer estaba puesto,
principalmente, en matar y comer al animal. Al prohibirse al cazador
matar al animal (en su lugar lo harían los perros, cuidadosamente
entrenados para perseguir y matar al zorro) el placer del deporte se
desplaza ahora de su conclusión al desarrollo del mismo.
Procesos similares a los que describimos
con relación a la caza del zorro, ocurrieron también a propósito de
los juegos con pelota, las carreras, la lucha, etc. La introducción
de códigos progresó luego hasta las formas de institucionalización del
deporte que conocemos actualmente. De los códigos de caballeros y el
club se pasó a las asociaciones, a los reglamentos escritos y a las
diversas instancias de control. Finalmente, la formación de
federaciones y confederaciones estableció las coordenadas del mapa
deportivo actual.
El proceso por medio del cual surge el
deporte moderno muestra que la violencia de las antiguas prácticas fue
sustituida por la introducción de sistemas de normas y controles
diversos. El dueño del equipo, los jueces, los reglamentos, el
entrenador, el preparador físico, etc.
El nuevo dispositivo estableció una
primera división entre quienes juegan y quienes controlan el juego.
Inmediatamente apareció una segunda división, entre los que saben
sobre el juego y aquellos que sólo juegan. Ambas particiones se
ensamblaron mutuamente: el saber se articula de ahora en más como una
nueva forma de control y dominación.
Anteriormente estas divisiones no
existían. Durante el medioevo, no había ningún tipo de controles en
los pasatiempos –sólo algunas tradiciones– y todos jugaban, ni
siquiera había espectadores.
Tampoco había entrenadores que enseñaran; el aprendizaje se realizaba
jugando.
Esta relación con el aprendizaje no la
encontramos sólo con relación a los juegos; en las sociedades
premodernas –dónde no existía la escuela como institución universal–
el aprendizaje de las tareas necesarias para la vida cotidiana se
realizaba en forma práctica, es decir, el conocimiento se
desarrollaba en una relación en la cual el maestro guiaba al aprendiz
en su encuentro con una práctica específica.
Con el entrenador surgió la figura del
especialista y el aprendizaje comenzó a regularse en función de la
apropiación del saber por parte del mismo y del control disciplinar
que realiza sobre los deportistas.
Al entrenador le sucedieron otros
especialistas: el preparador físico, el metodólogo, el nutricionista,
el kinesiólogo, el psicólogo, etc. Tal vez, todos ellos constituyan
una red de poder, que no utiliza mecanismos de violencia, pero que se
ejerce en forma continua e ininterrumpida, no sólo en deporte, sino
también, en la mayoría de las prácticas que constituyen nuestra
sociedad.
La psicología del deporte –como las demás
disciplinas científicas– especializa el saber sobre el deporte, anexa
zonas de conocimiento, aumentan el rendimiento del cuerpo, a la vez
que introducen nuevos propietarios del saber y nuevas formas de
domesticación y sometimiento.
La policía del
pensamiento:
Existen pruebas experimentales que
demuestran que un pensamiento o una imagen deteminada pone en
funcionamiento dispositivos hormonales, neurales y musculares
relacionados con los mismos. Este es el axioma principal del
cognitivismo sobre el que se funda la mayoría de sus propuestas
teóricas y de sus intervenciones técnicas-metodológicas: el cuerpo
tiende a hacer lo que la mente se representa.
Otras investigaciones han demostrado que
el estrés se presenta siempre acompañado por un conjunto de respuestas
fisiológicas del organismo: aumento de la presión sanguínea, del ritmo
respiratorio y cardíaco, de la sudoración, de la secreción de
adrenalina, etc. Por otra parte, cuando el sujeto se encuentra ante
situaciones deportiva estresantes, aumenta la actividad eléctrica de
los nervios que gobiernan la actividad muscular, produciendo el
acortamiento de los mismos y la pérdida de la flexibilidad y
relajación necesarias para la práctica del deporte.
En situaciones de estrés es posible
inducir al deportista a representarse imágenes o pensamientos de
relajación para disminuir la tensión. También, para conseguir los
niveles óptimos de activación se pueden utilizar las técnicas de
visualización y control del pensamiento haciendo que el deportista se
represente mentalmente las acciones que realizará durante el juego.
El sueño del pibe:
22
de junio de 1986, otro día que no voy a olvidar mientras viva,
nunca... aquel partido en el Mundial de México contra los ingleses,
peleado, apretado con el negrito Barnes complicándonos las cosa al
final. Y con mis dos goles. ¡Mis dos goles! Del segundo muchas
cosa...: creo que es el gol soñado. Yo en fiorito soñaba con algún día
hacer un gol así en la canchita, con el Estrella Roja, y lo hice en el
mundial, para mi país y en una final. Sí, una final. Porque con todo
lo que representaba, jugábamos una final contra Inglaterra. El segundo
fue, como dije, el gol que uno sueña de pibito. Nosotros, en el
potrero, cuando hacíamos algo así o parecido, decíamos que lo habíamos
mareado al rival, lo habíamos vuelto loco... fue... no sé, cuando yo
vuelvo a verlo, me parece mentira haberlo logrado, en serio. No porque
lo haya hecho yo, pero te parece que no se puede hacer un gol así, que
lo podrás soñar, pero nunca lo vas a concretar.
Cualquier deportista sueña con el estadio
lleno y él como protagonista de una jugada memorable que otorga el
triunfo a su equipo. Imagina, piensa, se representa el escenario una y
otra vez junto al despliegue virtuoso que lo llevará a la gloria. El
deseo que lo hace soñar es el mismo que le hizo elegir el deporte que
practica y que le permite soportar sin mayores inconvenientes las
duras exigencias que la práctica del mismo le demanda.
Los psicólogos del deporte han descubierto
esto y han pretendido que si los deportistas exitosos sueñan con el
triunfo y la gloria, es posible entonces hacer que todos los
deportistas hagan lo mismo como respuesta a un programa de
entrenamiento mental.
La intervención del psicólogo tiene como
objetivo estimular y recompensar que cada deportista sueñe, piense o
fantasee con el escenario en el que deberá actuar. Es decir, cada
jugador además de entrenar las destrezas físicas, técnicas y
estratégicas de su deporte, deberá aprender y entrenar, bajo la
conducción planificada y rigurosa del nuevo especialista, las
destrezas psicológicas que mejorarán su rendimiento.
La imaginación y el pensamiento se
convierten en objetos de una intervención que apunta a optimizar el
rendimiento del cuerpo. Dicha intervención introduce un nuevo agente
disciplinador, quien va más allá de las tradicionales intervenciones
técnicas o reglamentarias; se trata ahora de disciplinar los sueños,
las fantasías, el deseo y, por supuesto, al sujeto que sostiene dicho
deseo.
J. Lorenzo Gonzalez, en su manual de
Psicología del Deporte, hace referencia a una investigación que se
realizó para estudiar las formas de intervención de un exitoso
entrenador de básquetbol, donde se reproduce el reproche que el
entrenador en cuestión hace a un jugador de su equipo: “¿Cuántas veces
tengo que decirte que ensayes en tu cabeza antes de tirar a canasta?”[7]
El episodio citado por Gonzalez –el
cual muestra como la psicología del deporte ha impregnado las
prácticas deportivas– da un magnífico testimonio de la forma en que la
intervención conductista/cognitiva intenta controlar los procesos
imaginarios y del pensamiento.
Como vemos, el psicólogo, o en muchas
oportunidades el mismo entrenador, legitima un rol de vigilancia
psicológica, una especie de ‘policía del pensamiento’ que controla e
induce a los deportistas a fantasear y soñar con las destrezas que
exitosamente deberán producir.
La psicología del deporte –de acuerdo a
sus paradigmas actuales y a sus instrumentos de intervención
institucionalizados– instala en el ámbito deportivo nuevas relaciones,
jerarquías y controles, así como también nuevos anudamientos entre el
saber y el poder.
Jaume Cruz y Joan Riera: Psicología del
Deporte. Aplicaciones y Perspectivas. Ed. Martinez Roca.
Barcelona. 1991-
En los
últimos años, ha aparecido en el ámbito de los estudios sobre el
deporte una cantidad importante de trabajos –provenientes de la
microsociología empresarial norteamericana– que enfocan los
fenómenos de liderazgo y gerenciamiento, cuestionando las
relaciones de poder pero sólo en el ámbito del grupo y, por
supuesto, sin abordar la temática de la propiedad de los medios de
producción.
Phill Jaskson and Hug Delehanty:
Sacred Hoops. Spiritual Lessons of a Hardwood
Warrior. Yperion. 1995.
Ibid. P.
E. de la Vega:
El poder disciplinario –propio de
las sociedades modernas– sustituyó a las antiguas formas de poder
medievales basadas en la fuerza y la violencia que detentaba el
soberano. El poder, en nuestras sociedades, está dado
principalmente por la existencia de todas esas instituciones de
disciplinamiento y domesticación: escuelas, clubes, universidades,
fábricas, ejército, etc., y en las relaciones inmediatas que allí
se mantienen.
Las técnicas disciplinarias se
caracterizan por una voluntad que pone énfasis en controlar y
vigilar más que en reprimir y castigar. Utiliza coacciones débiles
pero múltiples –dispuestas estratégicamente en las relaciones
microsociales (entre el abad y el monje, el maestro y el alumno,
el jefe y el soldado, el entrenador y el deportista)– que
controlan y corrigen las operaciones del cuerpo. Utiliza también
un conjunto de reglamentos, códigos y saberes que disponen la
organización del espacio, del tiempo y de los actos para ordenar
los desplazamientos, intensificar el instante y economizar los
gestos.
Elias: Buscar
todos espectadores.
José Lorenzo Gonzales: Psicología y
Deporte. Biblioteca Nueva. Madrid. 1992. P. 78.