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Credibilidad y confianza

Autor: Mariano Giraldes - 10/2/2012 - 2998 lecturas.


Aquellos de nosotros acostumbrados a escribir nuestras prácticas, solemos referirnos a lo que nos falta, a lo que nos gustaría saber. Escribimos más producto de la carencia que del exceso. Miramos una porción de la realidad buscando explicaciones.
 
En este caso, me preocupaba una recurrente- y nada agradable- experiencia cotidiana: la falta de confianza y el poco crédito  que otorgan algunos alumnos a sus maestros.
 
Pensando en el tema y sus implicancias, leí en el diario una noticia interesante. El 31 de Mayo pasado, se celebró el día del Marketing. Con ese motivo, la Asociación Argentina organizó en Buenos Aires un Congreso Internacional destinado a profundizar el conocimiento  sobre sus actuales manifestaciones. Tanto desde la óptica del consumidor, como desde las estrategias, la innovación y las tendencias.
 
El marketing se ha convertido en una actividad que mueve una cantidad inmensa de dinero, difícil de precisar debido a sus múltiples ramificaciones. Solo una de sus herramientas, la publicidad, origina una inversión mundial de US$ 550.000 millones. Los analistas arriesgan que la actividad madre, el marketing, llegaría a la cifra de US$ 55000 millones.
 
El tratamiento que hicieron los especialistas en lo referido a “Tendencias” fue sugerente:
Se escuchó decir, por ejemplo que:
“Hay un retorno a lo esencial, por sobre lo superficial. La sociedad anhela llenar con sentimientos reales, genuinos y auténticos el vacío existencial en el que siente que se vive”.
“Se debe recuperar la idea del proyecto de mediano plazo frente a la lógica del vivir aferrado al presente. Frente al desconcierto total, la gente busca anclajes de credibilidad, necesita desesperadamente encontrar a quién creerle para dejar de sentir que todo es una gran mentira. No se puede vivir sin creer. No se puede vivir sin confiar. La confianza y la credibilidad son hoy los grandes vectores de diferenciación, capaces de consolidar o destruir los vínculos entre los individuos y las marcas”.
Credibilidad y confianza
 
No se puede menos que declaran bienvenida tal aporte discursivo, aunque uno siempre pueda reservarse el derecho de suponer que, en el fondo, lo que sugieren esos especialistas es solamente cambiar de estrategia, pero siempre para aumentar los deseos sin pausa y poder vender más.
 
No hay que olvidar que el marketing se desarrolla en el marco existencial que se conoce como sociedad de consumidores. Tal sociedad se caracteriza por transformar las relaciones humanas a imagen y semejanza de las relaciones que se establecen entre consumidores y objetos de consumo. Tamaña empresa solo se alcanza si el mercado logra colonizar ese espacio crucial en el que se anudan los lazos afectivos que unen a los seres humanos. El yo no soy yo, sin el otro, desaparece como concepto.
 
Al hablar de ese concepto no hago referencia a buscar el bien del otro, por encima de todo. Se trata, más bien, de un pensamiento y una acción responsable, que el no desentenderse de los demás se pone de manifiesto, primero, en el ocuparse de uno mismo, que es la única plataforma que me permite partir a ocuparme del otro. La santidad es para unos pocos elegidos.
Lo que me llamó la atención fue que, tanto en las conferencias como en las conclusiones, aparecieron esas dos palabras que mencionaba al principio: confianza y credibilidad. Vale la pena preguntarnos:

¿Están unidos hoy, maestros y alumnos, por recíprocos vínculos de confianza y credibilidad?

Por un lado deberíamos tomar en consideración el clamor que resuena entre los maestros, y refiere a las dificultades que enfrentan en sus prácticas, en el trato con alumnos quienes, con frecuencia se muestran desconfiados y descreídos de toda autoridad. Por otra parte, si escuchamos aquello que expresan los alumnos en sus intervenciones y acciones, hay que concluir que tales vínculos están muy debilitados.
 
No me parece descabellado considerar que niños y adolescentes han declarado a los adultos y sus maestros como prescindibles. Tal distanciamiento dificulta o mejor, imposibilita, que podamos constituirnos como tales. Porque para que el maestro aparezca, el alumno tiene que estar presente.
 
Punto clave: A los adultos, maestros o padres, nos cuesta admitir que podemos no existir significativamente para nuestros alumnos o hijos. La verdad es que, en muchos casos, se han declarado autónomos: puede decirse que son pos familia y pos escuela.
 
Nos enfrentamos entonces a la escena más temida por todo enseñante: que nuestros alumnos no quieren aprender aquello que nosotros queremos, sabemos y podemos enseñarles.
 
A su vez, en el ámbito hogareño, los padres encuentran que la imprescindible transmisión se dificulta. Sencillamente porque para transmitir saberes o experiencias se requiere una autoridad aceptada. El ámbito familiar ha pasado a ser, más que otra cosa, un lugar de intercambio de opiniones.
 
Pueden arriesgarse unas cuantas explicaciones. Pero entre todas, a los efecto de esta nota, repetiré un concepto que me parece necesario: la hegemonía política del Estado nación, por una serie de razones,  está agotada. Por lo tanto la eficacia práctica de su discurso queda también alterada.
 
Sin Estado nación que asegure las condiciones de operatividad, la escuela, la familia y las instituciones disciplinarias en general- ven alterada su consistencia, su sentido, su campo de implicación, en definitiva su propio ser. Sin paternidad estatal ni fraternidad institucional, la desolación prospera. Y el sufrimiento en las “viejas” instituciones y en sus habitantes se hace sentir.
 
 Escuelas sigue habiendo, desde luego; pero no son las mismas. No son ya instituciones disciplinarias, aparatos productores y reproductores de subjetividad ciudadana. Más bien parecen organizaciones ligadas a la prestación de un servicio. Una Empresa más en el mundo de las empresas. Dedicadas a  contener socialmente a los chicos, sacarlos de la intemperie, darles de comer, impartirles una serie de normas de convivencia y de ecología de sus hábitos, que el hogar ya no proporciona. La subjetividad que resulta de estar en una escuela cuando el mercado y los medios parecen la instancia dominante de la vida social, es absolutamente otra. La enseñanza de calidad se resiente en forma inevitable.
 
Sin proyecto general educativo en el cual implicarse, se hace necesario pensar en nuevas funciones, tareas y sentido para las escuelas. Hoy, en ellas, las condiciones para que se produzca un encuentro en torno a un proyecto educativo, entre alumnos, maestros, padres y autoridades nos están aseguradas.
 
En tales contextos, los maestros debemos preguntarnos
¿Cómo llegar a nuestros alumnos si ellos no nos otorgan una mínima credibilidad? ¿Que estrategia seguir con chicos aburridos, a menudo apáticos, desinteresados y hasta mal educados si no tienen confianza  ni en la propuesta ni en su maestro?
 
¿Qué hacer cuando, en tanto que herederos de la subjetividad estatal, suponemos que la ley- justa o injusta- preexiste y nuestros alumnos suponen la hegemonía de sus opiniones?
 
Pienso que en muchas situaciones, se hace imprescindible replantearse el concepto de ley trascendente y de su reemplazo por la precariedad de las reglas compartidas, cosa que no nos resulta nada fácil. La regla no se relaciona con el bien, ni tiene que ver con la totalidad de sentido, sino que es regla de juego, tiene que permitir jugar a lo que queremos jugar. Es, sin duda, una base de acuerdo. Hay una pura necesidad de que todos declaremos que ASÍ NO SE PUEDE, PERO DE ESTA OTRA MANERA, SÍ SE PUEDE.
 
 Se puede transgredir la ley, como por otra parte hacen nuestros gobernantes a la vista y paciencia de todos, pero no se puede transgredir la regla porque es regla de juego y la HEMOS aceptamos previamente. Al menos, es el comienzo de una acción consensuada y democrática.
 
Además de este mínimo comienzo, sugiero lo siguiente:
Primero que nada, todo maestro, cualquiera que sea su ámbito de desempeño (1), debe asumir que solo logrará constituirse como tal cuando comience a existir para sus alumnos. Para “existir” para el otro, para “servirle”, resulta clave la manera en que se  entra con él en contacto con tacto. Es la maneraen que comienzan a construirse los vínculos afectivos entre el maestro y los aprendices. Aquí aparece otro obstáculo. Es que una de las dificultades más graves que enfrentamos, consiste en que, por lo general, suponemos que existe un vínculo previo con nuestros alumnos.
 
Por tradición. ese vínculo está garantizado por la institución a la que pertenecemos o por el rol que desempeñamos en la esfera privada. Sin embargo, muy frecuentemente, en la modernidad tardía, no existe esa relación estructural que garantizaba, años atrás, que íbamos a poder  enseñar. (Inclusive podíamos enseñar, aun en el marco de nada recomendables arbitrariedades pedagógicas, a las que solíamos dedicarnos con fruición.)
Eso no sucede ya, en una gran cantidad de prácticas de enseñanza. De manera que no veo otra posibilidad que no sea pensar con el otro el vínculo que nos constituye, a él como sujeto y a mí como maestro. Y el vínculo se constituye al pensarlo y actuarlo.
 
Punto clave: Nos cuesta aceptar que nuestros alumnos, no acepten la autoridad de nuestro saber y decidan hacer cosas con su propio cuerpo o demandar otras, sin tenernos en cuenta.
 
Luego que se ha entrado en contacto, cuando se ha logrado construir un incipiente vínculo, debo prepararme para el arduo camino de ganarme la confianza de mis alumnos a quienes, por cierto, no les dispenso tal como estoy sugiriendo, un tratamiento convencional. Por ejemplo, evito tener una teoría previa sobre ellos, evito representármelos de una determinada manera, lo que es bastante novedoso. Puede muy bien ser que lo que surja no sea una lógica pedagógica, que la relación asimétrica entre enseñante y aprendiz que debe seguir existiendo, se teja sobre otras bases, nada tradicionales, por cierto.
 
Sugiero calurosamente pensar una relación maestro/alumno, basada en un régimen de confianza en vez de en uno de autoridad. La autoridad se instituye y se transfiere. De alguna forma de poder político o económico hacia el maestro. La confianza no. La autoridad estatal emanaba de la escuela y del cargo docente que se ostentaba. Mientras que la confianza se genera en el sostén que ofrecen los proyectos, en la credibilidad de las propuestas que se hagan y en la coherencia personal sin claudicaciones del maestro. La confianza es una relación “contractual” entre dos. No es instituida, puede darse y puede perderse por alguna contingencia. El problema de la autoridad no es nunca cómo instalarse; más vale la pregunta que hay que hacerse hoy es cómo no sucumbir a ella.
 
Punto clave: La confianza es un régimen de relaciones que, en realidad, se genera en el mercado, pero a la cual,  nosotros como maestros del cuerpo, podemos ayudar a que se construya con todos nuestros alumnos. Es un modelo de dos que se hacen fiables entre sí, sin la intervención de terceros.
 
Eso sí: ganarse la confianza, hacer creíbles nuestras propuestas, requiere de dotes personales y de ciertas habilidades aprendidas por los maestros. Una mezcla de talento y aprendizaje es la creatividad. De manera que una predisposición a desarrollar el potencial creativo que existe en cada uno de nosotros, es imprescindible para llevar adelante el planteo estratégico que acabo de hacer. Y esa predisposición sí puede aprenderse. Y si puede aprenderse puede enseñarse.
 
(1). Les recuerdo que toda vez que consideramos que un saber del cuerpo, un bien de la cultura, merece transmitirse con el objetivo de que determinados sujetos se apropien del mismo, estamos enseñando. Podemos hablar, con todo derecho, de enseñante y de aprendices y que la lógica del mercado diga lo que quiera.. Aunque el ámbito no sea escolar, prefiero no hablar de clientes sino de alumnos. Con todo, aquel que elija suponer que en ciertos espacios profesionales tiene clientes, puede analizar si las estrategias que sugiero siguen o no, teniendo valor.

http://www.gimnasioolimpica.com.ar



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